De vez en cuando, y sin que sirva de precedente, me siento cómodo conversando con mis contemporáneos. En las contadas ocasiones en que ejercito mis limitadas dotes para las relaciones humanas creo que me defiendo bastante bien; entonces dedico mis sistemas auditivo y laríngeo a la titánica tarea de entender y hacerme entender, al tiempo que despliego un amplio abanico de expresiones faciales y gesticulaciones varias con la intención de contribuir al intercambio. Puede suceder que la conversación derive en discusión, más o menos acalorada, que se resuelva a) con una cesión por alguna de las partes o b) con una defensa a ultranza de la postura propia por la técnica de repetición, el uso de fuentes 100% fiables pero imposibles de constatar, la muralla mental, el muy bien pero no me bajo del burro o mi recurrente y socorrido mutismo. Las discusiones con final b) entretienen hasta cierto punto, pero me acaban cansando. En cualquiera de estas situaciones, consigo mantener mi irritabilidad dentro de unos límites socialmente aceptables.
Mi chiringuito teórico de la comunicación verbal se viene abajo cuando tengo por contertulio a un negacionista. Por definición, un negacionista dice que no a todas y cada una de las opiniones de los demás, por más evidentes que éstas puedan parecer. Actúa así movido por el fuerte convencimiento de saberse poseedor de la UPOV (única puta opinión válida). Por supuesto, tiene una opinión formada respecto a cualquier aspecto del universo conocido o, en su defecto, tiene la capacidad de formase dicha opinión en las milésimas de segundo que transcurren desde su primer no rotundo y tajante hasta que el enemigo de conversación, desde su punto de vista, consigue recomponerse del shock inicial.
Un negacionista contradirá al Papa en cuestiones de fe, a Stephen Hawkings en temas de astronomía, así como en una discusión acerca de las vivencias y dificultades propias de un esclerótico, a Ted Bundy en lo respectivo a asesinatos en serie, al resto de los mortales en lo relativo a lo adecuado o inadecuado de sus gustos y decisiones. Escuchará la mejor música, verá el mejor cine, leerá los mejores libros y comprará los mejores perritos calientes; y negará las causas que motivan a otros a escuchar esa misma música, ver esas mismas películas o leer esos mismos libros.
Un negacionista se hace recordar. Yo aún me acuerdo de los dos con los que he tenido el desagradable placer de conversar, porque no deja de ser un placer que le permite a uno conocer los límites de su sufrimiento, como arrancarse la costra de una herida o hurgarse una muela cariada. A la primera la conocí en mi primer trabajo (digamos que fue en una zapatería para cienpiés domésticos), en los años en que aún no había perdido la esperanza en el ser humano. Llegó a pretender demostrarme saber más que yo acerca de una actividad que había practicado durante años y que ella no sabía ni deletrear (digamos que se trata del lanzamiento bucal de pastillas juanola). Con el segundo realicé un viaje de cuatro días a un país vecino para tomar parte en una competición de la actividad anterior. Cuando, allá por la Junquera, ví que no había tema que no le diese pie a negar y contraopinar (el clima, la música, el precio de la vivienda, las recetas de cocina, el color de las amapolas, el dopaje en las carreras de caracoles) desconecté de la conversación y activé el modo La Razón Como a Los Tontos, porque uno no puede permitir que su irritabilidad le lleve a abrir la puerta del copiloto y arrojar a éste en marcha.
Mi chiringuito teórico de la comunicación verbal se viene abajo cuando tengo por contertulio a un negacionista. Por definición, un negacionista dice que no a todas y cada una de las opiniones de los demás, por más evidentes que éstas puedan parecer. Actúa así movido por el fuerte convencimiento de saberse poseedor de la UPOV (única puta opinión válida). Por supuesto, tiene una opinión formada respecto a cualquier aspecto del universo conocido o, en su defecto, tiene la capacidad de formase dicha opinión en las milésimas de segundo que transcurren desde su primer no rotundo y tajante hasta que el enemigo de conversación, desde su punto de vista, consigue recomponerse del shock inicial.
Un negacionista contradirá al Papa en cuestiones de fe, a Stephen Hawkings en temas de astronomía, así como en una discusión acerca de las vivencias y dificultades propias de un esclerótico, a Ted Bundy en lo respectivo a asesinatos en serie, al resto de los mortales en lo relativo a lo adecuado o inadecuado de sus gustos y decisiones. Escuchará la mejor música, verá el mejor cine, leerá los mejores libros y comprará los mejores perritos calientes; y negará las causas que motivan a otros a escuchar esa misma música, ver esas mismas películas o leer esos mismos libros.
Un negacionista se hace recordar. Yo aún me acuerdo de los dos con los que he tenido el desagradable placer de conversar, porque no deja de ser un placer que le permite a uno conocer los límites de su sufrimiento, como arrancarse la costra de una herida o hurgarse una muela cariada. A la primera la conocí en mi primer trabajo (digamos que fue en una zapatería para cienpiés domésticos), en los años en que aún no había perdido la esperanza en el ser humano. Llegó a pretender demostrarme saber más que yo acerca de una actividad que había practicado durante años y que ella no sabía ni deletrear (digamos que se trata del lanzamiento bucal de pastillas juanola). Con el segundo realicé un viaje de cuatro días a un país vecino para tomar parte en una competición de la actividad anterior. Cuando, allá por la Junquera, ví que no había tema que no le diese pie a negar y contraopinar (el clima, la música, el precio de la vivienda, las recetas de cocina, el color de las amapolas, el dopaje en las carreras de caracoles) desconecté de la conversación y activé el modo La Razón Como a Los Tontos, porque uno no puede permitir que su irritabilidad le lleve a abrir la puerta del copiloto y arrojar a éste en marcha.
Mr. Pipiwhite
Negacionistas renegadores: no hay quien os soporte.
ResponderEliminarUn derroche de ingenio, Mr. Pipiwhite.