Las sociedades avanzadas han inventado la cola como mecanismo para regular el acceso de los ciudadanos a ciertos recursos limitados en número o tiempo de uso. Se establecen colas en las ventanillas de las administraciones públicas, en las taquillas de diversos espectáculos, en los atascos, en los comercios o en las oficinas de desempleo.
Pero las colas son para los idiotas. Nadie que se precie de ser un individuo de primera, sobresaliente en su generación y por ende con más derechos que los demás, guarda cola.
Cito ejemplos: en la frutería, lo más sensato es aprovechar el descuido del que nos precede para hacer un adelantamiento en toda regla, a la vez que se disimula tocando nabos y berzas a dos manos. Si el lerdo que nos precede es mucho más jóven que nosotros, y por lo tanto no ha hecho nada en la vida, ni hará, para ganarse nuestro respeto, razón de más, no hay tiempo que perder mientras la vida se nos escapa entre hojas de escarola. Si el lerdo nos obstruye la maniobra, aunque involuntariamente, topetazo de carro en las espinillas.
En la taquilla del tren hay que hacer todo lo posible porque prevalezca nuestro preciado tiempo. La boda de un pariente de cuarto grado, un partido televisado de la segunda B o la redifusión de una telenovela argelina en blanco y negro, versión original y sin subtítulos. Qué más da. Son motivos más que sobrados para pedirle la vez al primero de la cola con cara de pato huérfano y un mirar compulsivo al reloj de pulsera. A los demás idiotas de la cola, que les zurzan, que no tienen voz ni voto, ni vez si la jugada sale bien.Y si no sale bien, pues se levanta la voz, se increpa y se recurre a la manida falta de educación y consideración de la perversa juventud.
"Y es que yo, ser superior, no he venido al mundo a esperar cinco minutos en la cola del super detrás de niñatos malparidos para pagar las albóndigas de pienso de mi perrito Lale-lame o el Vaginesil versión zona catastrófica."
Mr. Pipiwhite
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