Estoy harta de los perros, de sus excrementos (sólidos, líquidos o informes) y de sus dueños. Harta de que campen sueltos a sus anchas por espacios de uso público, de que nos la quieran dar con queso con esas cadenas extensibles que, a todos los efectos, no sujetan como debieran. De que haya quien abogue por darles vía libre para montar en los autobuses, tomar el sol en las playas y darse un garbeo por las tiendas. No hablo de los perros guía, obviamente, sino del resto de los cánidos que no entran en esa categoría.
Porque es indignante que a un humano se le multe por miccionar en la vía pública y a un perro (a su dueño, se entiende) no. Es igualmente vergonzoso que los agentes del orden no sancionen jamás a los dueños de los perros por incumplir las ordenanzas municipales que regulan la tenencia y cuidado de estos animalitos. Y que nos los quieran meter hasta en la sopa con la cantinela de que son los mejores amigos del hombre, fieles y serviles. Será para otros.
Independientemente de que a mí me den miedo los perros (cinofobia se llama la cosa) podría convivir con ellos dentro de unos límites. Si me hubieran dado un dólar cada vez que he pedido por favor -y con un deje histérico en la voz, todo sea dicho- la frase "sujete al perro", y dos dólares más cada vez que me han contestado -con retintín y mirándome como si fuera lerda- aquella de "si es muy bueno, no muerde" sería ahora multimillonaria. Que la gente, dentro de su casa, puede hacer lo que guste o más rabia le dé: ya sea intercambiar saliva con su animalito del alma, tejerle un traje para días de lluvia o darle de comer caviar iraní sin considerarlo un dispendio. Llevar al bicho al psicólogo, al logopeda o hacerle la pedicura francesa y el alisado japonés. Pero de puertas afuera hay unas normas de convivencia que se incumplen sistemáticamente con total naturalidad, falta de empatía e impunidad.
Supongo que, más allá de las preferencias personales, la vida se simplificaría si todos nos comportásemos guardando un mínimo de respeto al prójimo. Que si los fumadores cumplimos con una ley hiper-restrictiva que nos prohibe fumar en prácticamente cualquier parte, los dueños de los perros debieran hacer lo propio y ajustarse a la normativa. Pero eso, no nos engañemos, es utópico. Igual que imaginarme siendo dueña de un toro Miura de 700 Kg armado con dos pitones de órdago a grande y sacándolo a trotar por el parque al atardecer o dejándolo a la puerta de la panadería atado a una farola con una de esas cadenitas extensibles al cuello. Ante la mirada de pánico del personal sólo diría: "pero si mi torito no hace nada, es buenísimo". Si sólo come paja, avena y pienso... O una serpiente de tres o cuatro metros, que respondiera al nombre de Sissi, capaz de engullir a un niño con un abrir y cerrar de mandíbula pero sin ninguna intención de hacerlo. "Sissi, ven guapa". "Sissi, no juegues a medir a ese señor ni a su perrito pitbull...".
Para contentarme, me quedo pensando que D. Antonio Machado hubiera firmado estas líneas. Porque también él vivió su particular calvario con los animales que ladran y sus dueños incívicos.
Mrs. Pipigreen
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